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jueves, 21 de febrero de 2008

Balcones perdidos



Publicado por: Sala de Espera
Foto: Sala de Espera

Pudo haber sido un concepto de épocas pasadas, de aquellos tiempos en los que Caracas se hacía ciudad moderna, urbanizada por todos lados. Pero hoy sigue pasando: los constructores de edificios y los arquitectos que los diseñan siguen empeñados en esa mala costumbre –pésima – de concebir las viviendas elevadas dándole la espalda al magnífico escenario del Avila.
Por Oscar Medina


¿Por qué? Es la pregunta que suelo hacerme cada vez que paseo, digamos, por Chacao, esta suerte de isla dentro de la urbe, que entre tantos privilegios insiste en dejar la vista del cerro maravilloso relegada a ventanas posteriores, a atisbos apenas parciales de la que quizás sea la cara más amable de esta Caracas que parece condenada al caos y de la que, pese a todo, seguimos enganchados como amantes maltratados. O resignados.

Ahora que, después de tantísimos años, finalmente tengo balcón propio en hogar a crédito, entiendo aún menos esta curiosa manía de los urbanizadores que no atinaron a dejar que miráramos a plenitud aquello que la naturaleza decidió obsequiarle al valle caraqueño.

Hay algo raro en ustedes señores. Esa debe ser la única explicación para semejante fallo. Quizás no se percataron, no calcularon ni se aproximaron a la luz de los primeros o los últimos rayos del sol que por las tardes lamen al cerro con una calidez sobrecogedora.

En el balcón donde tecleo mi portátil, tengo al frente la intimidad de los habitantes de otro edificio. Nos miramos cara a cara o nos ocultamos entre cortinas y persianas que disimulan el retorcido divertimento de espiar al prójimo. Casi pudiera ver el fútbol dominguero si enfoco en el enorme pantalla plana de esa habitación o de pronto puedo enterarme de la última pelea de la pareja de más arriba que acostumbra a airear sus disputas en pijama o ver crecer al bebé que llegó hace apenas unos meses a enriquecer la cotidianidad de aquellos otros que al fin decidieron cumplir con el sagrado mandato de crecer y multiplicarse.

Y aunque reconozco que este inocente y forzado ejercicio de voyeur puede hasta resultar interesante, todo pasa a segundo plano porque hay en mi balcón una esquina que captura la atención: esa que, si ladeo la silla, deja ver una parte del cerro, verde, coronado de nubes, imponente, como un verdadero guardián silencioso e impoluto de la capital que nos devora y a la que devoramos con tremenda saña.

Aquí en las noches se escucha el ruido: los carros que pasan por la avenida más allá, ese sonido como de oleaje citadino que arrulla a los animales urbanos en los que nos hemos convertido; las voces de la gente que se animan a medida que aumentan las cervezas; ocasionalmente las serenatas cursis de algún enamorado; los silbidos que desdicen de la funcionalidad del celular; la exaltación de parcialidades políticas; cualquier cosa, pero lo mejor es percibir la mole oscurecida de la montaña que nos pertenece y que parece decir, con su silencio obvio, que allí estará siempre como para salvarnos de tantas cosas con sólo una mirada, a nosotros, bichos destinados a encerrarnos entre rejas y concreto.

Y entiendo, claro que sí, que algo falla en toda ciudad que decide crecer dándole la espalda a su río, a su lago o a su Avila. Aunque, faltaba más, Avila hay uno solo. ¿Acaso no era obvio?