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domingo, 9 de marzo de 2008

“Soy una recogelata refinada”


Publicado por: Sala de Espera

la Maldonado viaja por Caracas en carro; casi nunca a pie. Sin embargo, desde hace más de tres años recoge la basura de la ciudad y la transforma en piezas únicas para lucir o vestir, que han redimensionado el diseño capitalino de vanguardia. “Mi cliente se ha quitado la basura de la cabeza para ponérsela en el hombro”, confiesa. Tiene 28 años pero se siente una niña perdida en una ciudad desechable
Por Lorena Briedis – Fotografía: Ariana Basciani y Mary Antonieta López

Comenzó coleccionando cachivaches. Botones, tickets de metro, chapas, retazos de tela, envoltorios, plásticos, recortes de revista, fragmentos de periódicos, papeles, notas, chucherías urbanas y recuerdos inútiles. A aquel inventario inservible y sentimental que pululaba entre bolsos, rincones, gavetas y bolsillos, finalmente lo convirtió, por un acto de rebeldía, en una sintaxis personal. Estudiaba tercer año de Arquitectura e intentaba sobrevivir a las semanas arrítmicas de entregas finales.

Rehusada a hacer otra cosa distinta a lo que le diera la gana, traicionó el deber y comenzó a coser botones, que había coleccionado, sobre una tela que cortó instintivamente en forma de cartera. “La sensación de relajamiento que me produjo y la reacción de la gente cuando vio la pieza confeccionada me dieron la curiosidad suficiente para seguir experimentando. Me divertía que la gente me mirara. Todo al final venía amarrado a un gran ego”, confiesa Ela Maldonado, quien para la fecha ha participado en diversos eventos de diseño como Guayoyo: Mercado de Diseño, La Comarca Creativa, la Feria de Macondo, Lobby: Mercado de Diseño, Maniobras, y en el Museo de la Estampa y del Diseño Carlos Cruz Diez, entre otros.

Comenzó confeccionando veinte carteras que ella hubiera lucido y funcionó. Al principio —comenta—, los diseños tenían que ver directamente con su estado de ánimo, con su alma. “Una amiga decía que eran como pancartas personales”. Ahora piensa más en la reacción de las personas y en lo que al público pueda gustarle, tomando en cuenta que, poco a poco, debe cumplir con la labor de educarlo con cosas cada vez menos convencionales. “Para las mujeres es mucho más difícil romper con los esquemas que los hombres. Los hombres son mejores clientes. Curiosamente, aprecian más mis carteras”.

Cuenta que hay piezas que, a pesar de que han llamado la atención del público, nunca se han vendido. “La cartera de peines saca-piojos y la de teclas de computadoras, por ejemplo, producen muchos comentarios en la gente, pero casi nadie se atreve a llevar una. Lo mismo pasa con la de rollos de pelo. Supongo que las mujeres sienten que su rutina más íntima está muy expuesta y no les gusta”. Por el contrario, las piezas con mayor éxito hasta ahora —comenta— son las que llevan diseños con tapas de colores, inyectadoras, dominó, legos, cadáveres exquisitos y preservativos.

“En vista de las múltiples reacciones de la gente decidí seguir tomando la basura, lo que la gente desecha y es un gran tabú, —porque para la gente, sobre todo aquí en Venezuela, la basura es un gran tabú— (aclara) y quise hacer algo estético con eso. Digamos que ahora soy una recogelata refinada. Luego me di cuenta de que estaba haciendo reciclaje y que todo eso tenía un vínculo muy estrecho con la ciudad”.

Ela Maldonado es la reina de la Ciudadela, una ciudad de desecho imaginada con las medidas de su infancia. También es una suerte de laboratorio lúdico, que en lugar de muñecas, fabrica carteras y piezas de vestir confeccionadas con motivos generalmente autobiográficos. “Ciudadela nació un día en un semáforo en rojo, en respuesta a la necesidad de darle un nombre y un lugar a mi trabajo. Ciudadela es una ciudad debajo de la mesa. Es mía y todo se vale. Pasan las cosas que yo quiero que pasen. Comercializo la mitad; la otra me la quedo yo”.

Cuenta que la particularidad de su ciudad se remonta a su afición por Las ciudades invisibles de Italo Calvino. “No te puedo llevar a Ciudadela, al menos de que te la cuente. Como las ciudades de Calvino, es cambiante. Un día está llena de cajas; otro, de lápices; otro, de animales. En fin, es capricho y es memoria”. Entonces, la memoria se convierte de pronto en anticuario o en máquina de reciclaje. “Yo los recuerdos basura los hago públicos; los coloco en una cartera, por ejemplo. Es una manera terapéutica de salir de ellos. Al final, mi trabajo comenzó así, como una gran terapia”. Cuenta que para la pieza más autobiográfica que ha hecho hasta ahora utilizó soldaditos de juguete que, en principio, comenzó a amarrar con hilos a la tela inconscientemente. “Luego me di cuenta de que estaba colgando a la gente que me ha hecho daño”.

Bajo la tectónica de Ciudadela vibra, igualmente, una debilidad personal por lo urbano, especialmente por Caracas. “No me imagino viviendo en otra ciudad. Caracas es esa mujer caótica y hormonal con la que estamos siempre. ¿Cómo no amarla aunque sea un desastre?”. Caracas es, en un sentido, el templo de su ritual coleccionista; la basura, el reflejo del alma de la capital y de la vida que en ella llevamos. “Desde hace un tiempo cargo una bolsita en la cartera. Esa bolsita, esa basura habla de qué me sucedió esa semana”.

La Ciudadela gravita sobre la ley de que todo lo usado puede ser re-usado, —los objetos, las emociones; las personas, incluso— porque su artífice está convencida de que todo lo que está a su alrededor es vulnerable, y por ello, cambiante. “Todo a mi alrededor tiene fecha de vencimiento y sé que cuando expira puedo usarlo. Estoy en un mundo de materia prima. Quizá por eso me gusten los hombres usados”. Esta fascinación por lo perecedero, por lo transitorio busca acercarnos a la conciencia de un mundo instantáneo en el que la belleza y la obra de arte están siempre en peligro de extinción, y simultáneamente, tentadas a reencarnar.

“Sí, claro que creo en la reencarnación. Yo quizá fui basura y si reencarnara en algo me gustaría ser un camión grande para guardar cosas que la gente deseche. Me da terror que no exista alguien como yo que use la basura porque en el fondo, como a todos, me aterra la idea de ser desechada”. De ahí, su obsesión por usar y re-usar las cosas hasta profanarlas, de llevarlas a las calles, a la gente. “Yo estudié Arquitectura porque quería crear para los demás la misma sensación que para mí tenía hacer una casita con sábanas en medio de la sala. Lo mismo me pasó con el diseño. Quiero acercar lo lejano, lo sagrado a las personas para que puedan entenderlo. Sacarlo del templo y llevarlo al público”.

De esa conciencia siempre fugaz y fugitiva de una realidad que sólo permanecerá en la memoria tal y como la conocimos, sobreviene en Ela Maldonado esa condición de nostalgia recurrente. “Vivo constantemente en lo que fue. Desde el dibujo anterior que me quedó mejor que éste hasta en la sensación de una fiesta que viví hace cinco años. Con mi trabajo remito mucho de esa nostalgia”. Para ella, el viaje de la nostalgia sobrevuela constantemente los mapas de la infancia. “Uno siempre vuelve a la edad en que fue más pleno. Para mí, esa edad fue la infancia”.

De ese época recuerda mucho en su trabajo sus dibujos de casitas, árboles y personas; su obsesión por la perfección de los trazos, sus amigos imaginarios, las vueltas en bicicleta, los libros para aprender a leer y a escribir y los rompecabezas, mucho de lo cual, hoy en día, —explica— la transpola a un estado de máxima creatividad. “Por eso me cuesta tanto comercializar mi trabajo. Porque hay una serie de cosas, como cuánto cuesta una pieza o cuánto cobra el curador, o los datos de la tarjeta de presentación que pertenecen a un mundo adulto que no le interesa a la niña”.

Una pieza que recordara la vida de Ela Maldonado hoy en día tendría que tener azul, hilo, lápices, chapitas de cerveza, cartas de póker y tickets de valet parking de Yesterday. A veces se pregunta quién se pondría algo así además de ella. Después de mucho tiempo, cree poder responderse: “Alguien que probablemente se ha quitado la basura de la cabeza para ponérsela en el hombro”.

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