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sábado, 19 de abril de 2008

JUAN SALAS: “Mi vida es extraña, vacía y dolorosa”


Publicado por Panorama

VIDA. EL MUNDO DEL JOVEN QUE BUSCA UN GUINNES POR IRRUMPIR EN ACTOS MASIVOS
JUAN SALAS: “Mi vida es extraña, vacía y dolorosa”

Texto: Marielys Zambrano Lozada / Foto: Marielis Zambrano


El hombre que eludió la seguridad presidencial y se fue al concierto por la Paz para robarse los micrófonos cuenta su verdadera historia. “Quiero llegar a los Oscar o aparecer en una misa del Papa.

Una vida marcada por malos tratos, abusos y hechicería agobian al muchacho que consiguió un escape en sus travesuras.

Abrir la destartalada puerta y entrar a su habitación resulta agobiante. Es el mundo donde diseña su porvenir. Huele a humedad. Golpea a la vista la curtida pared color naranja que tiene escrito su nombre, Juan Salas, unas 200 veces con marcador negro.

La grafía también está sobre estantes, pancartas, seis banderas desplegadas, el televisor y el DVD. Se aprecian otras palabras constantes como “éxito”, “Jesús” y “te amo”. Las escribe en todo espacio que encuentra disponible.

Sólo se respira un ego, el suyo. Un mapamundi atiborrado de sus fotos y de su nombre muestra su imagen abrazando trofeos que nunca ganó, sino que se encontró, teniendo a su lado la sonrisa orgullosa de su madre Guillermina, una vendedora de dulces y periódicos frente al hospital de Ciudad Ojeda.

De igual modo destaca la borrosa foto de su padre, Orlando, un colombiano parasicólogo de ascendencia israelita, conocido como “el médico curano”.

En medio de ese desorden visual se ve la cara de Juan recortada y pegada más de 60 veces. La sobrepuso sobre el rostro de todos los jugadores de la “vinotinto” y de la escuadra Argentina.

A su cédula le tachó el nombre de pila —Juan Bautista Sales Sierra, de 20 años— y le puso otra foto suya posando como artista. Todo está pegado en la pared.

El espacio semeja un altar donde se le rinde culto a un hombre: Juan. Sólo lo comparte con fotografías de Enrique Iglesias, el primer artista al que le interrumpió una presentación. “Quiero ser un hombre importante. Te voy a contar cosas, no me importa qué harás con ellas; pero, no te burles de mí. Entiéndeme”.

Hurgando su mundo se destapa la violencia con que creció. Ser el menor de tres hermanos le dio la desventaja de recibir golpes de los mayores.

Todavía le dan, al igual que a su madre. En la escuela, Juan fue un estudiante de bajo rendimiento, expulsado no menos de tres veces —de la Nueva Lagunillas, Pedro Julio Maninat y San José. Llegó a sexto grado en medio de vergüenzas porque las burlas ponían en evidencia que no sabía leer con fluidez.

Debía entonces defenderse golpeando a sus compañeros. “Mi refugio era mi papá. Fue mi compañero. Jamás pensé que iba a morir. Creí que era un dios. Cuando se fue tuve que limpiar zapatos. Entonces... (hace una pausa y dice) alguien abusó de mí, pero ya lo superé. Tenía nueve años. Quien lo hizo ya se murió”.

Como una esponja nueva absorbió los aprendizajes que le dejó el “médico curano” de la urbanización Nueva Venezuela en Ciudad Ojeda.

El mismo que, según Guillermina, obtuvo un certificado de parasicólogo en Miami. “Él tenía colgado su título, pero lo rompieron los muchachos en una pelea familiar”, afirma la mujer que a ratos no recuerda bien esos pasajes de su vida.

Para el niño Juan era común ver en su casa un altar y las visitas de los “sacerdotes” con atuendos negros, mientras su mamá preparaba los brebajes a base de limón, miel, canela o ajo para las curas milagrosas; las que no sirvieron para sanar a Orlando de la diarrea, el vómito y la trombosis que le segó la vida.

Pero su mujer prefiere creer que una vecina que tenía el demonio le hizo una brujería porque iba bien en sus negocios de curandero.

“Mi papá me dijo que iba a experimentar cosas cuando creciera. Y me pasó. Yo duermo y siento gente que me molesta en el cuarto. Escucho voces tormentosas que me dicen que me quite la vida. Pero yo estoy consciente del bien y del mal. No estoy loco. He buscado ayuda. Quizá no he llegado al lugar correcto donde me la den. Mi vida es extraña, vacía y dolorosa. Es un desastre”.

Como dardos que queman, el muchacho no deja de recordar la profecía que, asegura, le dijo su progenitor: “Tú serás el sacerdote de Satanás”.

“Yo lo invoco y vienen los espíritus malignos. Inclusive antes de saltar a los escenarios hago una oración y la acompaño con tres palabras Lucifer, Banshee y Belcebú”, mientras describe como un maestro lo que significa cada uno. “Eso me hace invisible”.

“Quizifrín o algo así, me dijo el psiquiatra que tenía mi hijo”, suelta Guillermina para definir la palabra esquizofrenia, trastorno evidenciado en su cuarto donde guarda no menos de 14 desodorantes, dos garrafas de gel para el cabello y un enorme talco para asearse con desespero, aunque Juan dice que sólo es un trauma que puede superar.

Un encuentro con Jesucristo hace cuatro años le asomó el amor divino y una travesura: le quitó el micrófono a un pastor en plena predicación. Hoy está confundido y frecuenta a unos ocultistas.

No pierde las esperanzas de que una joven llamada Anita lo acepte. “Le compré un anillo y no lo quiso. Ella fue buena conmigo y me ayudó. Así fue como me empezó a gustar”.

Pasar por inadvertido es una herramienta que, confiesa, ha usado para cometer pequeños robos. Generalmente se lleva productos de aseo personal en tiendas o dinero en efectivo. Pero sus apariciones públicas, que desafiaron desde shows de Miss Venezuela hasta la propia guardia presidencial, son ahora su obsesión definitiva. “Quiero llegar a los Oscar o aparecer en una misa del Papa”, dice.

De sus visitas furtivas a alcaldías, empresas o instituciones en Maracaibo o la Costa Oriental del Lago, pide dinero que luego reúne para financiar sus viajes, tal como hizo para asistir al concierto por la Paz, organizado por el cantautor Colombiano Juanes hace tres semanas en la frontera del estado Táchira y el Norte de Santander.

Juan es un espontáneo a los ojos del público que lo ha visto, pero sus futuros objetivos son un secreto que guarda en la profundidad de su drama humano.

Objetivos cumplidos

La primera locura fue cuando se colgó del pantalón de Enrique Iglesias en el Miss Venezuela 2002. Sólo tenía 14 años.

En dos oportunidades llegó al Festival de la Orquídea, en Maracaibo, interrumpiendo presentaciones de Servando y Florentino y Ricardo Montaner.

Hizo desplegar un operativo de seguridad en el Puente sobre el Lago, donde amenazó con lanzarse desde la pila 21. Permaneció arriba tres horas, desnudo y portando una bandera de Venezuela.

Se montó en el piano de Franco D’ Vita en un Miss Venezuela. Ha irrumpido en varias dependencias gubernamentales.

En la conmemoración de los hechos del 4 de febrero de 1992, violó el anillo de seguridad del Presidente, previo a ello, logró llorar sobre sus hombros durante un acto masivo.

También subió a la tarima de Manuel Rosales en la campaña presidencial de 2006. Entró a un hotel de Maracaibo y abrazó al futbolista argentino Juan Román Riquelme.

Le quitó el micrófono a Alejandro Sanz en el concierto internacional por la paz.

A estas actividades se ha sumado su primi Yendrick Sánchez, quien entró en el Miss Venezuela 2007 y en el show de Tito El Bambino, en Maracaibo.