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martes, 8 de julio de 2008

LA CARACAS DE CARLOS COSTE



PUBLICADO POR ESTAMPAS

CARLOS COSTE
"Caracas, un abismo
infinito en posibilidades"

Campeón mundial de apnea, compara a la capital con la profundidad de los océanos, con su deporte, y con los riesgos que en él corre
Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Brand

Ciudad de contrastes: por un lado agresiva, y por otro tremendamente amable. Así ha sido Caracas para Carlos Coste -Campeón mundial de apnea y poseedor de varios récords mundiales. Es que hace nueve años, cuando comenzó en este deporte, encontró en la capital un montón de piscinas abiertas al público ("cosa que no sucede en ningún otro lado"), y aquello aceleró su interés en esta disciplina y su desarrollo deportivo.

A los 32 años, mientras programa nuevas competencias, Carlos se detiene a pensar sobre la capital. Extrapola su experiencia de apneísta y llega a una curiosa conclusión: "Vivir en esta ciudad no se parece en nada a practicar apnea. Mientras desciende, uno debe relajarse, desconectarse y entrar en sí mismo; en Caracas, en cambio, a menos que te subas a una montaña, ¡al que se relaja, se lo llevan!", y se ríe.

Sin embargo, reconoce en ella una cualidad que mucho le ha ayudado en los mares del mundo. "Cuando compito, aunque me concentro en mi objetivo, también necesito la multiconcentración: cómo está el traje, los equipos, quiénes son los competidores, qué han hecho, qué quiero lograr… y en eso Caracas me ha entrenado, porque aquí no se puede pensar en una sola cosa. Si manejas, tienes que ver el otro carro, el motorizado, el peatón, el hueco", dice.

"Mi deporte es de riesgo, pero controlado. Cuando entro al agua preveo lo que puede pasar, y qué hacer en ese caso.Pero en Caracas, ¿cómo prevés una pistola en la cara o un secuestro express"
En la historia, pocos se habían sumergido en el agua como Coste. Tras llegar a los 100 metros de profundidad, fue logrando cada vez nuevos registros, hasta alcanzar los -182, inmersión que duró más de siete minutos: la más larga de este deporte. En esa ocasión (2006), se preparaba para el Reto del abismo, y a sólo un metro del récord
(-183), sufrió un ACV. Permaneció cinco semanas hospitalizado en Murnau, Alemania, y confiesa que entonces extrañaba mucho a Caracas y sus piscinas. "El lugar era tranquilo, con vacas en las calles y en medio de los Alpes nevados; muy distinto a esta ciudad. Me sentía en el pueblito de Heidi", dice.

Una vez de vuelta, con El Ávila como aliado de recuperación, reflexionó sobre el accidente. "Mi deporte es de riesgo, pero controlado. Cuando entro al agua, preveo lo que puede pasar, y qué hacer en ese caso. Pero en Caracas, ¿cómo prevés una pistola en la cara o un secuestro express? Por eso, prefiero morir en mi deporte, y no en las manos de un malandro de esta ciudad", afirma. "Chimbo que me quede pegado con el tema -añade-, pero hay que darse cuenta de que aquí la inseguridad no es normal".

Y no lo dice con pesimismo, sino esperanzado con un cambio. Por eso, cuando se halla en los abismos del océano, le asalta una particular idea. "Caracas es como esos abismos, como el del cielo o el de la mente humana. Ellos son infinitos, y asimismo, esta ciudad es infinita en posibilidades de echar pa' lante".

Hoy, aún en rehabilitación, trabaja como instructor de apnea. Si tuviera un alumno como Caracas, primero revisaría sus motivaciones y sembraría en él las ganas de cambiar y de ganar. Lo otro, muy importante, sería enseñarle sobre la visualización.
A diario la usa, y así se prepara para sus desafíos. "Es como una película que observas antes de que suceda todo", explica. Tan efectiva es, dice, que si los caraqueños visualizáramos una ciudad distinta, el cambio sería más fácil. Él, por su cuenta, sí observa en su imaginario la nueva urbe, renovada, liderada por el orden y la limpieza, con muchos teatros, deporte y respeto entre los ciudadanos. "¿Te imaginas? -dice con una ilusión casi infantil-, con esta montaña tan hermosa, y con un poquito de armonía entre nosotros, Caracas sería el paraíso".

.johan_ramirez3@hotmail.com

Asistente de fotografía: Anita Carli