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sábado, 5 de julio de 2008

Johan Santana: Rascacielos en un montículo


PUBLICADO POR EL UNIVERSAL

Con dos Cy Young como el mejor lanzador de la Liga Americana en 2004 y 2006, el venezolano ratifica su calificación que lo coloca en la cima de su especialidad

EFRAÍN RUIZ PANTIN PERIODISTA


Hay ciertos fenómenos en la vida que parecen inevitables. No importa los obstáculos que se atraviesen o las jugarretas del destino para detener los acontecimientos. Hay cosas que pasan porque tienen que pasar.

El ascenso de Johan Santana hasta los rascacielos de Nueva York, donde mira al resto de la Tierra como el pitcher mejor pagado en la historia del beisbol, es una de ésas.

Santana nació en Tovar, estado Mérida, el 13 de marzo de 1979. Ese fue su primer obstáculo. No hay que ser un erudito en deporte venezolano para saber que los gochos juegan fútbol, no beisbol. Ni un solo merideño -hasta que llegó Johan en el año 2000- había jugado en las Grandes Ligas.


Pero Tovar era un pueblo particular. Muchos de sus hombres bajaron en los años 30 hasta el lago de Maracaibo para trabajar en las compañías petroleras. Allí aprendieron el juego de pelota, que luego se llevarían a las montañas. Un sacerdote, que fue a ese recóndito lugar de Mérida para dar clases, también era aficionado al beisbol.


Esas son las vueltas que explican cómo aquel pueblo se fue impregnando con el deporte del bate y la pelota. Se jugaba tanto, que varios equipos de otros lugares del país se acercaron para medirse a los lugareños. Uno de esos visitantes fue un negro de Barlovento llamado Jesús Santana. Nunca se devolvió. Conoció a Hilda Araque, se casó y formaron familia. Casualidades de la vida.


Burguillos, como le decían a Jesús, era un tremendo campocorto y Johan -el segundo de cuatro hermanos- creció admirándolo. El gen del beisbol se había traspasado. Desde muy pequeño, empezó a jugar con el equipo Chiquilines, ahí en Tovar.


El pequeño y delgado zurdo no empezó su carrera como pitcher, sino como jardinero central. Soñaba con ser como Ken Griffey Jr. y Rickey Henderson. En esa posición fue creciendo. Cuando cumplió 14 años ya había representado varias veces a Mérida. No era un gran bateador ni tampoco demasiado veloz, pero sí tenía un brazo poderoso.


Eso fue lo que le llamó la atención a Andrés Reiner, scout de los Astros de Houston, cuando vio a Johan en un campeonato nacional en Valencia. Le gustó tanto, que a pesar de que sus jefes le habían ordenado no gastar ni un centavo en rastrear jugadores se montó en su carro y se fue a buscar a aquel zurdito hasta Tovar.


El problema es que no tenía la dirección y en casa de los Santana el teléfono parecía no funcionar. En efecto, la situación económica de la familia no era muy buena y se lo habían cortado. Reiner no bajó la guardia. Preguntando por aquí y por allá, dio con la casa. Otra valla que se había sorteado.


Santana se fue con Reiner a practicar con los Astros durante unos meses en la academia del club en Guacara, un suburbio de Valencia. Fueron días duros. Incluso, estuvo cerca de tirar la toalla, porque además debía estudiar. Pero las palabras de su padre y de Reiner lo convencieron de seguir.


Finalmente, firmó su primer contrato profesional, no como jardinero sino como lanzador zurdo. Así podría explotar todo ese poderío de su brazo izquierdo.


Le fue bien desde el principio. Sus números en ligas menores daban señas de talento. En 1999, los Astros decidieron no protegerlo en su roster de 40 y permitieron que los Marlins se hiciesen con sus servicios el 13 de diciembre de 1999. Ese día lo cambiaron a los Mellizos de Minnesota. Cinco años después, era el mejor pitcher del beisbol.


MEDIAS BLANCAS, UN EQUIPO QUE CELEBRA A LA VENEZOLANA
Corría el año de 1956, ya Alfonso "Chico" Carrasquel era ídolo en la Ciudad de los Vientos y debió ceder su lugar en el campocorto a un compatriota, Luis Aparicio, quien agradeció el gesto llevándose el premio al Novato del Año. Chicago celebró. En 1985, cuando ya el "Chico" comentaba para las transmisiones radiales de Chicago y era oficial su butaca en el Comiskey Park, otro venezolano, con un juego vis-toso y caribeño volvió a prender la fiesta, Oswaldo Guillén, también fue Novato del Año. El 11 de agosto de 1991, en el Memorial Stadium, de Baltimore, Wilson Álvarez, también con el uniforme de los Medias Blancas lanzó su único juego sin hits ni carreras, primero para un venezolano. Chicago volvió al festejo. Sin embargo, la mayor fiesta de Chicago en los últimos ochenta años, se vivió en octubre de 2004, cuando de la mano de Oswaldo Guillén, el equipo, que ya sabía de celebraciones a la venezolana, alzó el trofeo de la Serie Mundial.